ProDaVinci, Armando Rojas Guardia: el laicismo de Jesús de Nazareth
The New York Review of Books, John Gray: ¿Marx, anticomunista?
En ProDaVinci, el poeta Armando Rojas Guardia afirma llevar “semanas sintiendo una profunda nostalgia” por el pensamiento ilustrado y la modernidad en Venezuela. La deificación que de Hugo Chávez ha tenido lugar desde el Poder en este país, contravendría una “conquista indispensable de la modernidad”: la total laicidad de los asuntos públicos. Pero no solo eso. La frase de Jesús de Nazareth: “Anden y aprendan lo que significa: quiero misericordia y no sacrificio” (Mt 9,13-12,7) habría sido una crítica demoledora contra la religión, que es culto y sacrificio, “para privilegiar, como alternativa antropológica, la solidaridad, la compasión y la fraternidad humana”. Por lo tanto, a Dios no se llega por vía de lo sagrado, cuyo ámbito es el templo, sino por la profana vía “de la relación con el prójimo”: el proyecto de Jesús habría sido, contra lo que se supone corrientemente, profundamente secular y laico. Nuestra laicidad republicana sería en sí misma “uno de los pivotes de lo que el cristianismo proyecta para nosotros como antropología”, y el usufructo de la simbólica cristiana para crear el nuevo culto, atenta contra ella. La identificación de Chávez y Cristo, propiciada por el propio Chávez, es una idolatría. El fracaso de la Cruz contradice la imagen heroica de Jesús: no fue épico, y está envuelto en “los signos de un profundo espanto”, el del humano horror a la muerte. Nada menos cristiano que un caudillo: esto se expresa en la tercera tentación resistida por Jesús, que fue la del poder, “pero con esta característica crucial: la tentación del poder para hacer el bien”. Quienes pretenden construir la “civitas Dei” sobre la Tierra, pronto confunden el fin con los medios. De ahí que Rojas Guardia cite a Georg Steiner: “El Reino de Dios debe ser comprendido como el Reino del Hombre: esta es la teología de las utopías totalitarias”.
En The New York Review of Books, John Gray comenta el libro de Jonathan Sperber, Karl Marx, a Nineteenth-Century Life, y considera lograda la intención de presentar a Marx como un pensador de su tiempo. Las posiciones de Marx raras veces estaban determinadas por supuestos relativos al comunismo o al capitalismo, y con frecuencia respondieron a las contingencias de su época. “Fueron las animosidades y pasiones del siglo XIX, más que las colisiones ideológicas que nos son familiares de la Guerra Fría, las que dieron forma a la vida política de Marx”, escribe Gray. En ocasiones, tales contingencias lo llevaron a “extremos bizarros”. Abogó por la represión armada de un alzamiento de obreros comunistas, pues estas ideas podrían “derrotar nuestra inteligencia y conquistar nuestros sentimientos”. Apenas cinco años después lanzó el Manifiesto Comunista. Seis meses más tarde, declaró como un sinsentido la dictadura de una sola clase social (en un discurso que sucesivos editores marxistas rehusaron considerar como auténtico). Lo mismo dijo de la Comuna de París. “Marx, el anticomunista, es una figura poco familiar; pero sin duda hubo ocasiones en las que compartió la perspectiva de los liberales de su época y después, según la cual el comunismo…sería perjudicial para el progreso humano”. Las ideas de Marx no habrían formado un sistema unificado. La explicación estaría parte en su accidentada vida, parte en el eclecticismo de sus fuentes. Notable fue la convivencia de su formación hegeliana con su adhesión -tomada del positivismo- por la ciencia. De ambos tomó la idea de que la historia “progresa” hacia estadios superiores. Y a pesar de su admiración por Darwin, no fue capaz de aceptar que la evolución carece de propósito (“como hiciera notar Darwin una vez” –escribe Gray-: “juzgadas desde su situación, las abejas son una mejora sobre los seres humanos”). A diferencia de muchos contemporáneos y sucesores, Marx entendió la tendencia inherente del capitalismo a revolucionar la sociedad. Según Gray, ni la responsabilidad de sus ideas en los desastres del comunismo, como tampoco la noción de que entendiera como nadie aspectos importantes del capitalismo, puede ser despachada tan fácilmente como quisiera Sperber. Los abogados conservadores de la libertad de mercado creen falsamente que el liberalismo puede confinarse a la economía. Marx demostró que esto es falso. Pero no puede pretenderse que su pensamiento señale un camino de los predicamentos actuales. “En su distancia de cualquier condición existente o realistamente imaginable de la sociedad, “la idea comunista” resucitada por pensadores como Alain Badiou o Slavoj Zizek, se encuentra a la par con las fantasías de mercado revividas por la derecha”, escribe Gray. Estas teorías neo-Marxianas y neoliberales sólo sirven para ilustrar la pervivencia de ideas que prometen soluciones mágicas a conflictos humanos. La tumba de Marx reposa en Londres frente a la de Herbert Spencer, positivista defensor del laissez-faire (inventó la frase: “supervivencia del más apto”). “A pesar de todas sus diferencias intelectuales”, sostiene Sperber, “una yuxtaposición no del todo inapropiada”.