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Página 12, Luis Bruschtein: la izquierda teórica y las irrupciones populares.

Página 12, Santiago O’Donnell: el gobierno venezolano impone un modelo cesarista.

ProDaVinci, Gisela Kozak: la pobreza como justificación

El Díscolo, Hugo Prieto: el informe Hospedales, diagnóstico de país.

Algo se mueve en Página 12. Luis Bruschtein lamenta que para “amplios sectores de la izquierda y el progresismo” Hugo Chávez haya sido una figura problemática, al punto de negarle el apoyo, o hacerlo tardíamente. Antes que participar en lo que llama “el proceso de democratización e inclusión más fenomenal de la historia venezolana”, habrían preferido convertirse en el ala izquierda de la derecha, pero de la peor de todas las derechas porque estaría manejada desde Miami. Para la socialdemocracia, Chávez fue un populista y un autoritario, pero el progresismo debería entender y abrazar las “irrupciones” populares y no cerrarse a ellas porque no coincidan con sus teorías. El argumento asemeja al de los desesperados intelectuales de izquierda argentinos de los 70, ante la incomprensión en el extranjero por su filiación peronista. En cambio, Santiago O’Donnell sostiene que en relación a la enfermedad y muerte de Chávez se ha ocultado la verdad, e irrespetado a sus seguidores. El presidente venezolano estaba demasiado enfermo para gobernar, y “cuando un gobierno oculta información básica, si somos honestos, creo, vamos a sospechar”. O´Donnell lanza una retahíla de problemas muy graves: patotas armadas, amistad con dictadores, corrupción, delincuencia, enfrentamiento con ONGs de derechos humanos, una Corte Suprema de mayoría automática…El colmo habría sido, sin embargo, cuando el vicepresidente encargado Nicolás Maduro sostuvo que el líder bolivariano fue “inoculado” con cáncer…apenas un par de horas antes de anunciar su muerte. “¿No es jugar con los sentimientos de la gente?”, pregunta, para afirmar: “el gobierno venezolano está manipulando la Carta Magna chavista para afianzar el liderazgo de Maduro en defensa del modelo carismático cesarista plebiscitario que moldeó el comandante”.

En Prodavinci, Gisela Kozak relata que sus colegas extranjeros le informan que Chávez era necesario para acabar con las élites corruptas y la miseria. Los horrores del comunismo, amparado en sus nobles ideales, “siempre se justifican frente a los del supremacismo racial nazi: en nombre de los pobres, todo pecado es venial”. Ahora “la izquierda autoritaria mundial” se legitima con un gobierno electo. El teórico argentino Ernesto Laclau, habría proclamado que la oposición debe plegarse a las reglas del juego propiciadas por el líder. Pero en Venezuela, “la identidad patria es chavista”, los opositores serían el no-pueblo. “¿Se puede ser oposición legítima, desde el punto de vista de la supremacía moral que exhibe el chavismo,  para un gobierno que llama al cuarenta y cinco por ciento de la población “apátridas”, pitiyanquis”, “vasallos del imperio”, “racistas”, “ladrones”, “golpistas”, “hijos de extranjeros”, “enemigos del pueblo” y que calificó al candidato Henrique Capriles Radonski de judío-maricón-cerdo-majunche?”, pregunta Kozak. La herencia es “una población divida por el odio y la intolerancia”. Kozak no lo articula, pero está describiendo el ambiente que reinó…bajo el nazismo, con la demonización de los judíos, pero sin políticas de exterminio y en tiempos de corrección política. “En nombre de los pobres, que viva Chávez”, escribe, la emoción que causa taparía sus mentiras e ineficacias. Y al final, a pesar del nacionalismo extremo, el gobierno revolucionario dependería como ninguno anterior de EEUU y del petróleo que le vende.

En su blog El Díscolo, Hugo Prieto da cuenta del llamado informe Hospedales elaborado por la oposición venezolana. Lo considera una sincera comprensión de la realidad, una herramienta para superar la división de los venezolanos. Dicha división, según Prieto, ya existía antes de la aparición de Chávez, e insistir en que éste la ha profundizado sería “un premio de consolación para mentes estrechas y líderes sin carácter”. El informe destacaría que el chavismo, siendo un híbrido de elementos liberales y totalitarios, constituye un régimen estable que se organiza paraconstitucionalmente para retener el poder. En estos años ha logrado generar una cultura política y una identidad de venezolanidad, y a través del mecanismo electoral se puede consolidar como mayoría. Es un aparato corporativo y una red social que la oposición necesita conocer y comprender. Para Prieto, el informe es un primer paso de diagnóstico, acertado. Falta ver qué se hace ahora.

Elecciones en el cuartel

El Nacional, Colette Capriles: en Venezuela triunfó el conformismo conservador.                                                                                                               ProDavinci, Ana Teresa Torres: la fuerza de la tristeza                                    Clarín, Jorge Lanata: Venezuela es un cuartel                                                                   El País, Jorge Castañeda: la oposición atrapada                                                              Le Monde Diplomatique edición Cono Sur, José Natanson: la reelección, canto de sirena.

Hugo Chávez, inventor de la reelección perpetua, ha sido elegido por cuarta vez presidente en Venezuela para lo que será un total de veinte años por lo pronto. En El Nacional, Colette Capriles encuentra en su triunfo un escándalo: la impostura del carácter democrático y de izquierdas de su gobierno, y la pérdida de la república como “motivo de regocijo internacional”. La oposición, una “enorme minoría” congregada tras el candidato Henrique Capriles, que apostó por la unidad, la modernidad y el cambio, quedó sepultada bajo la hegemonía de una mayoría circunstancial y conservadora. Triunfaron la denigración del otro y el conformismo conservador. Pero cada quien es responsable por sus decisiones.

En ProdaVinci Ana Teresa Torres sostiene que la oposición había desterrado la duda en su campaña, minimizando al adversario y menospreciando a sus seguidores. Habría insistido “en verlo derrotado por nuestros propios deseos”. Torres reivindica la necesidad de la tristeza, o la depresión, y llama a no negar esos sentimientos: la fuerza de la resistencia estaría precisamente en que exige el estado de desoladora espera que toca a los derrotados (ya catorce años en su caso). No hay consuelo para muchos de ellos. Por lo mismo, la tentación de saltarse el obligado duelo es grande: “Duelos congelados por negados, esos sí que tardan en pasar. Una buena manera de saltarse el duelo es la del que dice, yo no he perdido, es que me robaron. O la de, yo más nunca voto, eso no sirve para nada”. Para dar una idea de la pérdida sufrida, Torres recuerda que “Freud definía la melancolía como la reacción ante la pérdida de un ser querido o su abstracción equivalente, y entre esas abstracciones equivalentes precisamente mencionaba la patria y la libertad”.

En Clarín, Jorge Lanata hace una crónica del día de las elecciones. Es predecible (vivió bajo la dictadura militar argentina) la incomodidad que le produce el toque de diana chavista a las 3am para despertar a los votantes: Venezuela es un gran cuartel. Una gran grieta lo divide; la división sería no sólo política sino cultural, y perdurará como sucedió en Argentina con el peronismo. Cuando el mayor diario titula: “El voto es secreto”, algo debe estar muy mal.

Jorge Castañeda resalta en El País que durante la campaña el Estado en su totalidad apoyó a un candidato: Chávez. El mismo arbitro electoral habría instrumentado una buena dosis de miedo a los votantes, sugiriendo que el voto pudiera no ser secreto. La oposición tuvo que lidiar con la naturaleza inimaginable de una derrota chavista: nadie podía concebir que el caudillo perdiera, o aceptara su derrota. “No tuvieron más remedio, la oposición y Capriles, que contender y poner la mejor cara ante una situación prácticamente imposible. Abstenerse, como en el pasado, implicaba condenarse a la marginación y a la impotencia; participar denunciando la inequidad de las reglas y de los recursos equivalía a un suicidio electoral: ahuyentar a los partidarios y contender en las condiciones existentes garantizaba la derrota. No había buenas salidas; la menos mala fue la elegida por la oposición”.

En Le Monde Diplomatique edición Cono Sur, el editorial de su director José Natanson se inscribe en el debate sobre la reforma constitucional de Argentina. Estudia las virtudes y defectos de los sistemas parlamentarios o presidencialistas para América Latina, y encuentra que el presidencialismo se ha revelado como sorprendentemente flexible al momento de superar crisis institucionales. En cuanto a la reelección presidencial, destaca que “Venezuela es hoy el único país latinoamericano que –a excepción de Cuba– no contempla límites institucionales al ejercicio permanente de poder”. A quienes –como Ernesto Laclau- defienden la reelección indefinida como ejercicio pleno de la soberanía popular, Natanson enfrenta el argumento de que el poder del pueblo no puede ser absoluto (el pueblo no puede torturar a los presos, por ejemplo), y por lo tanto necesita contrapesos: “En otras palabras, la democracia supone tanto la elección libre de un gobierno como la limitación del poder de ese gobierno”, escribe. “El debilitamiento de los límites al poder –entre los cuales el que fija un plazo determinado para su ejercicio quizás sea el más crucial– puede atenuar o incluso poner en riesgo el componente republicano de la democracia”. A diferencia de la “democracia plena”, en la que todos los partidos pueden perder las elecciones, sería lo que Andreas Schedler llama “autoritarismo electoral”, en el que siempre pierden los partidos de oposición.