The Paris Review, Seamus Heaney: la poesía es lo opuesto al debate
The Paris Review, Sophie Pinkham: diario de una eslavista
The London Review of Books, Peter Pomerantsev: Rusia, un simulacro
The Paris Review subió online todas sus entrevistas, desde los años cincuenta, y las recuerda una a una vía Twitter (@parisreview). Seamus Heaney revela (estamos en 1997) que su idea de la existencia siempre incluyó tener un trabajo fijo. Por lo tanto, “el más inesperado y milagroso evento en mi vida fue la llegada de la poesía a ella, como una vocación o una elevación, casi”. Al arriesgarse más tarde al trabajo freelance, con una familia a cuestas, produce el poemario North, fumando en cadena en el ático, contra plazos de entrega: “la ansiedad está ahí, creo, en la misma constricción de las cuartetas del poema”. Luego, con Field Work, sostiene, “deliberadamente empecé poemas que eran más articulados métrica y sintácticamente. Sonetos. Pentámetros en rima. Cosas con cierto vuelo. Algo de canción”. Una “poesía mozartiana” tendría en sí la usual vida, más una extraordinaria aceleración formal. Como Hero and Leander de Marlowe, con el envión provocado por “la manera en que se regocija con sus propios recursos en tanto que invención”, y la “música que se dispara a sí misma, glamorosa, deliciosa y consciente de sí”. Lo contrario es el “empantanamiento” al lleva el debate: no cambia nada. La poesía en cambio es como el episodio de Jesús escribiendo en la arena, cambia el tema y abre perspectivas, como un baile mágico. Cuando regresó de Harvard a Irlanda, en 1994, se produjo el cese de fuego del IRA, en Agosto. “Eso fue una genuina visitación”, recuerda, “la alondra cantaba y la luz ascendía”. Pero en lugar de deleitarse con el giro e los acontecimientos, Heaney se descubrió cada vez más amargado “por el desperdicio de vidas y amistades y posibilidades en los años precedentes. Era 1994 y no habíamos avanzado, políticamente, más de lo alcanzado en 1974. En efecto, retrocedimos”.
La declaración final de Nadezdha Tolokonnikova, del colectivo punk-rock Pussy Riot, en el juicio que la condenó junto a dos activistas más, cierra con esta cita del poeta vanguardista Alexander Vvedensky, fallecido en 1941 : “Sucede que dos ritmos vienen a tu cabeza, uno bueno y otro malo, y yo escojo el malo. Ese será el correcto”. Tolokonnikova concluye: “Se cree que los disidentes de OBERIU están muertos, pero siguen vivos. Los persiguen, pero no mueren”. El link es de Sophie Pinkham, en su diario de la semana como eslavista en Nueva York: encantador, superficial, lleno de espíritu. Frases improbables en serbo-croata lo inician, junto a una discusión sobre el grupo vanguardista Oberiu (“la Asociación para el Verdadero Arte”), fundado en 1928 en Leningrado por Daniil Kharms y Alexander Vvedensky, y disuelto dos años después por las autoridades. Según Vvedensky, “mi impresión básica es la de la desconexión del mundo y el desmembramiento del tiempo”. En el panel, el traductor Eugene Ostashevsky sostiene que para Oberiu la finalidad del arte era “la incomprensión activa de la realidad”. Matvei Yankelevich, otro traductor, dice que Oberiu es “trágico e inagotablemente hilarante”. Peter Scotto, editor, aventura que traducir es como un aterrizaje forzoso: la cuestión es qué tan grande será el daño, y si habrá sobrevivientes. El periplo de Pinkham también la lleva a una lectura de Vsevolod Nekrasov, poeta moscovita, de seco humor, que a diferencia de Vvedensky y Kharms logró sobrevivir, hasta 1987: “Socialismo o muerte. Para qué escoger, si puedes tener ambos”. O: “causa de la muerte/haber vivido//causa inmediata/de la muerte//vivir en Moscú”. Kirill Medvedev, joven poeta socialista y underground, goza momentáneamente de cierta atención y presentó un concierto en BookCourt, Brooklyn: folk-rock socialista ruso. Y Mikhail Shishkin “de quien se dice es el mayor novelista viviente de Rusia”, dictó un seminario sobre…él mismo. Adhiere a la idea muy rusa del escritor profeta y mártir, que “tiene una misión divina”, según Pinkham, “y no ha de detenerse hasta cumplirla. O morir en agonía. Lo que venga primero”.
En The London Review of Books, Peter Pomerantsev anota en una entrada de diario las muertes de “dos hombres que definieron la Rusia post-soviética…ambas repentinas y lejos del hogar”. Vladislav Mamyshev murió de un infarto en una piscina en Bali, a los 43 años. Conocido como Vladik Monroe, fue un pionero del performance en Rusia, “donde los roles y arquetipos antiguos desaparecieron”, y el cambio de ideologías progresa histéricamente de “comunismo a perestroika a liberalismo a nacionalismo a estado mafioso a dictadura postmoderna”, un travestismo que puso de moda la palabra “performance”. Mamyshev personificó a Marilyn Monroe, a distintos artistas pop rusos, a “Hitler y Gorbachov (disfrazado de mujer India); apareció en fiestas como Yeltsin, Tutankamón, o Karl Lagerfeld”. Declaró a una revista que cuando personificó a Putin se sintió como una totémica larva de mosca, “a punto de explotar en mierda”, devoradora de carroña: “Putin va a devorar nuestro país”, sostuvo. Cuando la política misma lo superó perdió actualidad. Boris Berezovsky aparentemente murió al colgarse en la mansión de su ex esposa en Inglaterra. El profesor de matemáticas “había sido el oligarca original, el “Padrino del Kremlin” que decía poder hacer o quebrar presidentes, quien puso a Putin en el trono” y terminó conspirando en el exilio en Londres. “Con Berezovski, la verdad siempre fue indistinguible de la ficción”, sostiene Pomerantsev. En Moscú la gente se preguntaba si su muerte era una nueva farsa. Pero al parecer entendió que nada cambiaría jamás en Rusia y que el putinismo duraría por siempre. Rodeado de chicas hermosas, guardaespaldas israelíes y asesores sesudos, Berezosvski era parte de la “charada” política rusa más que su opuesto. Sostuvo que su éxito se debía a su “inteligencia superior”. Pero sus amigos sostienen que no sabía cuánto dinero tenía, y fracasó estruendosamente como hombre de negocios en Occidente. Entendió de primero la importancia de la televisión en política y la usó para fabricar victorias electorales de Yeltsin y Putin. En su canal cultivó el “documental amañado”, con periodistas blandiendo “documentos” que probaban corrupción, o mostrando crudas imágenes genéricas de operaciones de cadera para sostener que un político era muy viejo para el cargo. Las televisoras se volvieron contra él, que pasó a ser el chivo expiatorio favorito del Kremlin: lo acusaron de ser el “responsable del envenenamiento de su amigo Alexander Litvinenko, planear el asesinato del alcalde de Moscú, organizar el secuestro de un diputado de la Duma y financiar ataques terroristas chechenos”. Póstumamente, el canal NTV difundió un documental sosteniendo que Berezovsky estaba harto de Occidente y quería regresar a Rusia, por lo que “obviamente el MI6 lo asesinó, pues podría revelar sus secretos”. Sorpresivamente, con su muerte “fue como si la vasta farsa de la política rusa se hubiera detenido de pronto y todos los actores voltearan hacia el público para aplaudir al actor ausente”. Creyó todos los roles que desempeñó, entre los cuales estaba la “caricatura del capitalista cuando el concepto empezaba a transformarse en la imagen por defecto rusa del éxito. La única forma de capitalismo que Rusia podía inventar en los noventas era la distorsionada crítica soviética con la que había crecido: la propiedad, después de todo, es un robo”.
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